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miércoles, 10 de diciembre de 2014

#Dolor

Lo que asusta no es el dolor: es acostumbrarse a él.
Cuando era pequeña y estaba enferma o me hacía una herida mi madre siempre me preguntaba "Pero, ¿cómo es el dolor? ¿Te duele más o menos que ayer?"; siempre he detestado esas preguntas. Pensar en el dolor magnifica el dolor. Tratar de describirlo lo hace más fuerte. Todo lo que sé de heridas lo aprendí de mi, entended que me de miedo mi propia compañía.
Hace poco leí una de esas frases que me habría gustado escribir a mi: "Si no puedes volar, corre. Si no puedes correr, anda. Si no puedes andar, arrástrate. Pero no dejes de avanzar". Quedarse quieto es morir. Respirar no sirve en absoluto si no lo sientes. Dormir hasta que pase el desastre, o dejar que el desastre pase mientas duermes. Qué más da. Ya está dicho que esperar a alguien dormido o esperar a alguien despierto no deja de ser eso, esperar a alguien. Cuando tienes huesos de cristal debes tener más cuidado, evitar las caídas. Por si te rompes.
Concéntrate.
Si algo puede salir mal, saldrá mal. Pero ya te encargarás tú de mejorarlo. Venga.
Lo bueno de caer es que no puedes volver a caer. O sí. Pero si tocas fondo, te impulsas. O te quedas tumbado, que a veces hace falta.
Fuerza. Valentía. Capaz.
Voy a elaborar una lista de palabras que me gustan y repetírmelas mentalmente. Acostumbrarme a ellas. Que los buenos también pierden, pero no siempre. Que mal siempre es mal, pero puede ser menos mal, o más bien. Que si no piensas en el dolor se hace más leve.

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