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jueves, 21 de mayo de 2015
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Duele. Duele la ausencia, duele el frío, duele el no saber, o no querer, o no querer saber. Duelen las puertas abiertas por las que se cuelan, esporádicamente, resquicios de esperanza. Y duele matarla, pero también duele dejarla viva. No hay nada más adictivo que la esperanza, y tampoco hay nada tan cruel. Es como un pájaro que se ilusiona cada vez que su dueño le saca a volar por el pasillo, aún sabiendo que siempre ha de volver a la jaula, que su realidad es lo que se ve en ese lado de la ventana y el mundo exterior tan sólo un espejismo dibujado en un cuadro. Como yo. Yo, ilusa. Yo, tonta. Yo, ingenua. Yo, idiota. Yo, imbécil. Yo, inserteaquícualquierobjetivosinónimodelosanteriores. Yo, como un perro cuando le aflojan la cadena y joder, de repente el dueño ajusta otra vez la correa y ahí se queda el perro, casi ahogado por la cuerda. Esos perros con correas "mágicas" siempre me han dado tanta lástima como miedo (y creedme, eso es mucho). Yo, que me creo que dejo atrás todo lo que hace daño y de repente, ¡zas! Realidad aparece y me siento ilusa, ingenua, idiota, imbécil y un largo etcétera de adjetivos detestables. Joder. Si es que hay dolores que nunca dejan de doler.
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